Trump: El elefante en la cristalería
En cuestión de días, la administración Trump parece dispuesta a desmantelar todas sus alianzas. Ha dado la espalda a Europa, así como a Canadá y México, y ahora amenaza a Panamá. El presidente Donald Trump está listo para hacer estallar por los aires todos los acuerdos y alianzas con sus aliados.
Aunque no ha roto lazos con sus aliados en Oriente Medio, su compromiso con Israel es inquebrantable y no se ha pronunciado sobre Arabia Saudita. En su visión del mundo, parece que solo está dispuesto a considerar a Rusia y China como iguales, mientras que el resto de las naciones debe someterse a su voluntad.
Con una fe inquebrantable, utiliza los aranceles como herramienta para imponer sus condiciones en el comercio, y con la amenaza de retirar su apoyo militar, mantiene a Europa en un estado de incertidumbre. Con el mismo poder militar, amedrenta a Panamá y México. El mensaje es claro: ha llegado un nuevo jefe y las cosas van a cambiar, con la única condición de que deben obedecer sin cuestionar.
En la agenda exterior de Estados Unidos, Trump busca establecer su área de influencia en América, Europa y Oriente Medio, dejando que el resto del mundo sea dividido entre China y Rusia.
Los aliados de Estados Unidos aún están atónitos ante cómo la administración Trump los ha dejado en una situación precaria. Se miran entre sí, sorprendidos. Europa ha confiado en Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pero hoy Trump traiciona a Ucrania y la idea de una OTAN fuerte. Sin el respaldo militar estadounidense, esta organización pierde relevancia, ya que los ejércitos europeos no tienen la capacidad para enfrentar una amenaza armada. Europa está pagando el precio de haber delegado su seguridad a Estados Unidos.
Esto no implica que Europa carezca de capacidad de respuesta; Alemania, por ejemplo, fue el segundo mayor proveedor de armas para la guerra en Ucrania, y Francia también cuenta con una industria militar, aunque ambas son pequeñas en comparación con las de Estados Unidos, Rusia y China.
Canadá también se siente traicionado. Trump lanza amenazas sobre convertir a este país en el estado 51 de Estados Unidos; esto no es un simple chiste, sino una amenaza real. En su afán por menospreciar al primer ministro canadiense, ha fomentado un nacionalismo que lleva a la población a preferir productos canadienses sobre los estadounidenses. Canadá no puede creer que, tras décadas de cooperación en todos los ámbitos—comercial, militar, social y político—Estados Unidos imponga ahora condiciones onerosas que amenazan su economía y el bienestar de su población. Cuando Trump amenaza con aumentar los aranceles, juega con los empleos de millones de personas y con la confianza que ha tardado décadas en construirse. Trump afirma que no necesita las importaciones canadienses, pero está dispuesto a aumentar los aranceles a los productos de este país, simplemente porque las industrias canadienses son más eficientes que las estadounidenses.
Una situación similar ocurre con México, aunque aquí los objetivos son diferentes. Primero, se ataca a la población migrante que vive y trabaja en Estados Unidos con una política de terror. Ya en su primer mandato, Trump hostigó a esta población, y ahora lo hace con una serie de decretos que socavan sus derechos fundamentales, dejándolos en un estado de desamparo. Ha descalificado a los migrantes, tildándolos de criminales, y sus seguidores, incluso más extremistas, están dispuestos a violar la Constitución de Estados Unidos y a ignorar cualquier acuerdo o ley. En sus operativos, no respetan a quienes tienen un estatus migratorio regular.
Todos son esposados, subidos a aviones y enviados a sus países de origen, mientras que otros serán enviados a Guantánamo o a una cárcel especial en El Salvador.
Esta política migratoria racista busca generar terror en la población migrante en Estados Unidos. De repente, todo por lo que han trabajado durante años está en peligro. Trump llegó mintiendo al electorado estadounidense; en sus gráficos sobre migración, por ejemplo, en un mitin en Pensilvania, afirmaba que millones de migrantes habían llegado durante la administración Biden, alegando que podrían ser más de 20 millones, y que solo en la administración Biden habían entrado 8 millones de indocumentados. Ahora no sabe de dónde sacar esos 8 millones, porque ha mentido abiertamente sobre este tema. Las deportaciones diarias no cuadran, ya que la mayoría de las personas arrestadas tienen un estatus migratorio regular o llevan más de dos años en Estados Unidos en un proceso de regularización. La inmensa mayoría de los deportados no tienen antecedentes criminales, pagaban impuestos y fueron arrestados mientras trabajaban.
El siguiente frente es la amenaza de intervención para enfrentar a los carteles de la droga. Esta postura resulta curiosa, ya que estos carteles no podrían haber alcanzado el tamaño y la capacidad de fuego que tienen sin los enormes recursos que obtienen de la venta de drogas. ¿Y dónde se realiza esa venta? En Estados Unidos, donde se materializa el negocio. El dinero fluye de Estados Unidos a México, no por carreteras, sino electrónicamente, a través de depósitos, criptomonedas y cuentas en bancos internacionales. La mayor parte del dinero no se queda con los carteles mexicanos; como en casi todas las industrias, la mayor parte de las ganancias se queda en Estados Unidos, mientras que los mexicanos son considerados los criminales.
Estados Unidos amenaza con tratar a los carteles como terroristas, lo que le daría la justificación para intervenir en México. Quieren acabar con los carteles de la droga, y lo harán como mejor saben hacerlo: con un ataque directo. México también desea eliminar a estos criminales, pero debe hacerse mediante su captura y desmantelamiento de sus operaciones. Mientras Estados Unidos siga siendo un mercado tan atractivo, pronto surgirán carteles en Jamaica, Bermuda, Cuba o Guatemala para satisfacer las necesidades de los consumidores estadounidenses.
Es importante recordar que el crecimiento de los narcotraficantes mexicanos se produjo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados que regresaban del frente, adictos a la morfina, buscaban en el mercado negro un sustituto para su necesidad de opiáceos. Estados Unidos parece haber decidido poner fin a esta relación. ¿Acaso ya no necesitan a estos grupos criminales, porque ellos mismos pueden sintetizar estas drogas en suelo estadounidense? “Make America Great Again”.
También amenaza a México con aranceles para que los productos mexicanos no compitan con los estadounidenses. Trump afirma que ellos pueden fabricar autos y otros productos mejores que los mexicanos. Sin embargo, que alguien le explique que la planta más productiva del mundo de Ford está en México, y que la segunda mejor también se encuentra allí. Los mexicanos han demostrado ser más eficientes que los estadounidenses.
Durante décadas, México ha sido limitado por Estados Unidos, que no le ha permitido desarrollar una industria propia, ni naval, ni militar, ni aeronáutica. Solo unas pocas industrias han podido desarrollarse con el consentimiento estadounidense. Los productos agrícolas mexicanos también han sufrido el acoso legal de Estados Unidos, que ha impedido la entrada de tomates, aguacates, camarones o atún provenientes de México. ¿Por qué? Porque son productos de calidad y más baratos que los que se producen allí. La política industrial estadounidense ha sido durante décadas una competencia desleal para los agricultores mexicanos, especialmente en la producción de maíz y frijol, donde en Estados Unidos se subsidia la producción, mientras que en México se ha abandonado durante años.
Estados Unidos tiene cada vez menos aliados, y los antiguos aliados se miran entre sí, primero con sorpresa. Esperemos que se den cuenta de que ahora tienen la oportunidad de unirse para enfrentar la amenaza que representa Estados Unidos para el mundo.

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